Opinión: El aprendizaje que tiene más de una lección (17/04/09)

Gustavo S. González
De nuestra Redacción


Carmen Lucero tiene 22 años y cada vez que pasaba por las canchas de vareo de San Isidro miraba, curiosa, a caballos y jinetes. Hasta que un día se decidió. Ricardo, el encargado de vigilancia en la entrada de Dardo Rocha oyó que esa rosarina chiquita le preguntaba si podía dar una vuelta con un pingo, como alguna vez lo había hecho, cuando era más nena. Sonrió, Ricardo, todo bigote, como lo hace al paso de cada auto que ingresa, pero no perdió el tiempo.

"Tengo más peones que caballos, pero vení", le dijo a Carmen el cuidador Miguel García, en el segundo eslabón de una cadena que ya era concreta. El hombre de la garita había hecho algo más que conseguirle a la petisa un caballo para entretenerse y desde entonces se la ve trabajando cada mañana.

En cambio, para Juan José Echeverry, de 17, subirse a un caballo fue como jugar en el tobogán. En Monte Caseros, Corrientes, su padre, jockey en las cuadreras, le enseñó todo y lo largó bien de pibe, salteando esas cuestiones psicológicas que atraviesan a cualquier ser urbano al que su hijo le quiere seguir los pasos. Su tutor en la caballeriza es Facundo Bunge Frers.

También el papá de Juan Cruz Costa sabe lo que es hacer de callos sus manos por el oficio y quiere que el hijo avance más casilleros en la vida. "Mi viejo jinetea en las domas; está más contento que yo de que venga acá", dice el chico de 20 años que monta, hace camas y recibe consejos en el stud de Lucho Palacios.

"Acá" es la escuela de Aprendices del Jockey Club, donde los tres empezaron el curso de este año. Carmen lo hará como oyente. Los dos Juanes están entre los veinte a los que les pasarán lista cada día.

Y como Carmen, hay alguien que no está en la nómina pero que es "profesora de todo", como se califica a sí misma. Raquel es la esposa de Héctor Libré, el director del instituto. No sabe mucho de filetes, frenos ni estribos, pero contiene en su casa, con naturalidad, a jóvenes a los que el contraste de la ciudad voraz con el interior más huérfano de recursos y sacrificado les pega lejos de la familia.

Raquel es la que hace equilibrio entre dos lecciones: la que dice cómo empuñar la fusta y la que enseña a empuñar un tenedor. El aprendizaje de la vida.

ggonzalez@lanacion.com.ar
Fuente: Diario La Nación
 

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